05/31/2026
Días antes de meterse al mar para no volver a salir, Alfonsina Storni escribió sus últimos versos. El poema se llama "A dormir". Hoy resulta imposible leerlo sin sentir un escalofrío, sabiendo que no era solo literatura; era su nota de suicidio.
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos encardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.
Tenía 46 años, un cáncer de mama que la estaba devorando viva y un dolor físico insoportable. Pero lo que más estruja el corazón de este texto no es el dolor, sino la escalofriante calma con la que lo planeó todo. Le pide a la muerte que la acueste como si fuera una niñera, pide que le bajen la luz de las estrellas y deja ese recado final, casi cotidiano, casi banal: "si él llama... dile que he salido".
El 25 de octubre de 1938, en una playa de Mar del Plata, Alfonsina cumplió su palabra. Caminó hacia el agua y se dejó tragar por el océano. El poema llegó por correo a la redacción del diario La Nación un día después de su muerte. Hay gente que pasa años buscando las palabras correctas para decir adiós; ella las encontró en la misma tierra y el mismo mar que hoy la recuerdan como una de las voces más indomables de la poesía.