10/04/2025
“Me pedían que hiciera más show. Que gritara, que provocara, que diera entrevistas… Pero yo no fui boxeador para entretener. Fui boxeador para ganar. Para no fallar. Para ser perfecto.”
Ricardo “Finito” López peleó 52 veces. Ganó 51. Empató 1. Perdió 0.
38 rivales no pudieron escuchar la campana final. Todos lo intentaron. Ninguno pudo.
Campeón mundial en peso paja y minimosca. Defendió su título 23 veces. Fue rey durante 11 años seguidos. Invicto. Imbatido. Intocable.
Debutó en 1985. En 1990 viajó a Japón y noqueó a Hideyuki Ohashi para quedarse con el cinturón mundial de la WBC. Desde ahí, todo fue disciplina, precisión y elegancia. No bailaba. No vendía humo. No prometía nocauts: los daba. Con frialdad de cirujano.
En 1998 empató con Rosendo Álvarez en una guerra en la que peleó medio ciego desde el segundo asalto. No se quejó. No puso excusas. Solo pidió la revancha… y la ganó.
Luego subió de peso. Otra vez campeón. Otra vez perfecto.
En 2001 se retiró invicto. Sin escándalos. Sin caídas. Sin manchas. Nadie lo retiró. Nadie le quitó nada. Se fue cuando quiso, con todos los cinturones y la frente limpia.
Pero como era bajito, educado, y no tenía personaje, muchos lo olvidaron.
Ricardo López fue un campeón silencioso.
Pero fue, también, el boxeador más perfecto que México haya dado.