01/11/2018
Prólogo para una edición puertorriqueña de
"Hostos, el sembrador"
El hecho más importante de mi vida hasta poco antes de cumplir 29 años fue mi encuentro con Eugenio María de Hostos, que tenía entonces casi 35 años de mu**to. El encuentro se debía al azar; pues, buscando trabajo lo hallé como supervisor del traslado a maquinilla de todos los originales de aquel maestro de excepción, que escribió desde un texto de Geografía para escolares del primer grado de la escuela primaria hasta un Tratado de Derecho Constitucional o uno de Moral Social, -un estudio penetrante acerca de la sicología de los personajes de Shakespeare en Hamlet- o el análisis del carácter de Colón; todo eso mientras luchaba desde New York hasta Chile por la libertad de Cuba y de Puerto Rico, o creaba en Santo Domingo la Escuela Normal y, en su pequeña y bella tierra, La Liga de los Patriotas.
Eugenio María de Hostos, que llevaba 35 años sepultado en la tierra dominicana, apareció vivo ante mí a través de su obra, de sus cartas, de papeles que iban revelándome día tras día su intimidad; de manera que tuve la fortuna de vivir en la entraña misma de uno de los grandes de América, de ver cómo funcionaba su alma, de conocer -en sus matices más personales- el origen y el desarrollo de sus sentimientos. Hasta ese momento, yo había vivido con una carga agobiante de deseos de ser útil a mi pueblo y a cualquier pueblo, sobre todo si era latinoamericano; pero, para ser útil a un pueblo, hay que tener condiciones especiales. ¿Y cómo podía saber yo cuáles condiciones eran ésas, y cómo se las formaba uno mismo si no las había traído al mundo, y cómo las usaba si las había traído?
La respuesta a todas esas preguntas, que a menudo me ahogaban en un mar de angustias, me la dio Eugenio María de Hostos, 35 años después de haber mu**to. Si mi vida llegara a ser tan importante que justificara algún día escribir sobre ella, habría que empezar diciendo: "Nació en La Vega, República Dominica, el 30 de junio de 1909; y volvió a nacer en San Juan de Puerto Rico a principios de 1938, cuando la lectura de los originales de Eugenio María de Hostos le permitió conocer qué fuerzas mueven, y cómo la mueven, el alma de un hombre consagrado al servicio de los demás".
El centenario del nacimiento de ese gigante, que siendo -como era- puertorriqueño, figura por derecho propio entre cinco forjadores de la Patria dominicana, iba a celebrarse en 1939, y uno de los puntos del programa conmemorativo era la edición de sus obras completas, para lo cual se abrió un concurso que fue ganado por la Cultural, S.A., de La Habana. El escogido para dirigir la edición fui yo; y, por eso se explica que Hostos, el sembrador fuera publicado el mismo año de la celebración del centenario por la Editorial Trópico, de la capital de Cuba. He ahí brevemente dicha la historia de este libro, y ahora pasaré a explicar la naturaleza de la obra.
En el programa de la Comisión Pro Centenario de Hostos había un premio para la mejor biografía del maestro que fuera enviada al concurso abierto por la Comisión. Pero mi biografía no fue escrita para ese certamen, ni podía serlo si yo era un hostosiano legítimo; pues, en lo que se refería al conocimiento de la vida de Hostos, yo había sido un privilegiado, no sólo porque me había tocado la fortuna inmerecida de supervisar el traslado a maquinilla de todos sus originales -y por esa razón tenía que conocer su obra mejor que nadie-, sino, además, porque había estado recibiendo por esa tarea un salario.
Había estado viviendo de la obra de Hostos como un buitre de las entrañas de un cadáver; y aprovecharme de esa situación para enviar al certamen una biografía de Hostos me daba soure todos los posibles biógrafos una ventaja que no podía usar sin convertirme automáticamente en un ser abyecto, indigno de llamarme hostosiano. Sin embargo, yo tenía que ayudar a difundir la obra de Hostos. Tenía que hacer con ella, en otros jóvenes, lo que ella había hecho en mí; y me pareció que la mejor manera de cumplir ese deber era proporcionando a los que quisieran ir al concurso abierto por la Comisión Pro Centenario del gran puertorriqueño esa imagen íntima de Eugenio María de Hostos que me había tocado recibir, como un don extraordinario, a través de sus papeles.
La obra visible de Hostos, la parte de su vida que se manifestó en actuaciones públicas, esa parte de todo gran hombre que sobresale de las aguas del mar de su vida como sobresale una parte de los hielos del iceberg, podía ser el material para una biografía de las llamadas objetivas; y ése sería, sin duda, el tipo de trabajo que premiaría un jurado escogido por la Comisión del Centenario. Pero yo quería darles a los posibles biógrafos de Eugenio María de Hostos la parte de su vida que no se veía, la que navegaba bajo la superficie de las aguas, la parte en que se hallaban los sentimientos y las ideas que hicieron de él lo que fue, no lo que él hizo.
Ahora, al cabo de 38 años, he vuelto a leer Hostos, el sembrador; y, aunque al releerla sabía que Hostos fue un idealista como lo fui yo cuando salí de sus manos vivas después de 35 años de su muerte, he autorizado esta edición puertorriqueña, a la que no le he cambiado una sola palabra de las que aparecieron en la edición cubana, porque no me avergüenzo de haber sido idealista. Me hubiera avergonzado traicionar a Hostos después de haberlo conocido. Y no lo traicioné. No soy el idealista que él formó; pero sé que, si él viviera, los dos estaríamos en las mismas filas, naturalmente, él como jefe y yo como soldado.
Juan Bosch Santo Domingo,
República Dominicana
24 de mayo de 1976