13/05/2026
A veces extraño a la persona que era antes. Esa versión de mí que siempre buscaba justificar a los demás, aunque me lastimaran. Si alguien me hacía daño, yo decía: “tal vez no lo hizo con mala intención”, “tal vez está pasando por algo”, “tal vez no quiso herirme”. Siempre encontraba una razón para comprender a quienes me fallaban, incluso cuando nadie se tomaba el tiempo de comprenderme a mí.
Pero los años cambian a las personas. Las decepciones también. Poco a poco fui madurando, y con esa madurez llegó una parte de mí más fría, más desconfiada y más reservada. Me volví una persona que ya no entrega su confianza tan fácil, porque entendí que no todos se alegran de tus triunfos, no todos te quieren sinceramente y no todos están contigo cuando más los necesitas.
Hoy tengo pocos amigos, pero aprendí que la lealtad vale más que la cantidad. Aprendí a observar quién realmente se queda, quién te apoya en silencio y quién solo está cuando le conviene. También aprendí que muchas personas se sienten con derecho a juzgarte, a mirarte hacia abajo o a involucrarse en problemas que ni siquiera les pertenecen. Y aunque trato de no guardar rencor, hay heridas que sí cambian la manera en que ves a la gente.
Me da coraje cuando alguien intenta hacerme menos, cuando hablan sin saber, cuando se sienten superiores o cuando se alejan de mí por cosas ajenas. Pero hoy entiendo que mi tranquilidad vale más que cualquier relación forzada. Por eso he decidido alejarme de las personas que solo me llenan de estrés, coraje y malas energías. Prefiero mi paz antes que convivir con personas que alteran mi calma.
Quizá ya no soy tan comprensiva como antes, pero ahora me elijo a mí. Y aunque todavía tengo un buen corazón, aprendí que no todos merecen entrar en él.