31/03/2026
Esta es una historia que el tiempo y la modernidad han ido desdibujando, pero que vive vibrante en la memoria de los abuelos de Santiago Acayutlán, en el municipio de Tezontepec de Aldama, Hidalgo. Es un relato sobre la "bajada de la cucharilla", un ritual de fe, comunidad y arte efímero que unía a todo el pueblo.
Para comprender la magnitud de esta labor, hay que imaginar el calendario festivo de Acayutlán. No había una, sino dos fechas sagradas que marcaban el ritmo de la vida: el 25 de julio, día del santo patrón, Santiago Apóstol, y el 12 de enero, la solemne fiesta en honor a la Virgen. Pero las ferias no comenzaban el día del santo; la verdadera celebración, la espiritual y comunitaria, arrancaba días antes con el olor a tierra mojada y el sonido de las risas en el cerro.
El llamado del cerro
Días antes de que los cuetes anunciaran el inicio oficial de la feria, ya fuera bajo el sol abrasador de julio o el aire fresco de enero, un murmullo recorría las calles de Acayutlán. Era hora.
La "cucharilla" no era un utensilio de cocina. Para la gente de aquí, la cucharilla era el Dasylirion acrotrichum, una planta agavácea que crecía silvestre en las laderas más escarpadas de los cerros circundantes. No se trataba solo de ir y cortarla; era un proceso casi litúrgico.
Al amanecer, cuadrillas de hombres, algunos jóvenes con la energía del primer amor y otros viejos con la sabiduría grabada en la piel, emprendían el ascenso. Llevaban machetes afilados, cuerdas, y un respeto profundo por el monte. Sabían exactamente qué plantas tenían la edad y el tamaño correctos.
Cortar la cucharilla era un trabajo de titanes. La planta está protegida por filosas espinas a lo largo de sus hojas. Con destreza heredada, los hombres cortaban la base de la planta, extrayendo el corazón blanco y jugoso, la "piña", de donde se desprendían las hojas más tiernas y flexibles, las que tenían esa característica forma de cuchara en la base.
Cada hombre cargaba un gran fardo de estas piñas a la espalda, atado con ixtle. El descenso era lento, cuidadoso. La montaña era generosa, pero exigía esfuerzo. Mientras bajaban, ya podían visualizar el resultado final. Estaban bajando la esencia misma de su tierra para adornar la casa de sus santos.
Un taller a cielo abierto
Mientras los hombres estaban en el cerro, el atrio de la iglesia se transformaba. Se convertía en un hormiguero humano, un taller artesanal a cielo abierto donde no había jerarquías, solo manos dispuestas a trabajar.
Llegaban los fardos de cucharilla. El aire se llenaba del aroma dulce y fresco de la planta recién cortada. Y entonces, comenzaba la coreografía de la comunidad.
La división del trabajo:
* Los "Desespinadores": Generalmente hombres mayores o jóvenes que aprendían el oficio. Su tarea era vital y dolorosa. Con cuchillos pequeños y rápidos, quitaban una a una las espinas de los bordes de cada hoja de cucharilla. Era un trabajo de paciencia y precisión, donde las manos terminaban inevitablemente con marcas, pero nadie se quejaba. Era su ofrenda.
* Los "Estructuralistas": Los hombres con habilidades de carpintería y construcción tomaban el mando. Con madera y carrizo, armaban los esqueletos gigantescos. No había planos arquitectónicos, solo la memoria visual y la experiencia de años anteriores. Primero, la estructura para el gran arco de la entrada principal de la iglesia, que debía ser imponente. Segundo, la estructura para el arco del atrio, que daba la bienvenida a los peregrinos.
* Los "Tejedores" y las "Floristas": Esta era la parte más artística y donde la participación de las mujeres y los niños era fundamental. Con las hojas ya limpias y flexibles, comenzaban a "tejer". Usando hilos y alambres finos, iban forrando las estructuras de madera con la cucharilla, creando patrones geométricos y texturas que parecían escamas de un dragón blanco y verde.
El milagro de la forma
Lo más impresionante eran las flores. No se usaban flores naturales que se marchitarían en horas. Se creaban flores de cucharilla. Las manos expertas tomaban las hojas limpias, las doblaban, las cortaban y las moldeaban hasta formar rosas, crisantemos, estrellas y figuras complejas que desafiaban la rigidez de la planta. Usaban la parte blanca de la base para los pétalos y la parte verde para las hojas y tallos.
Mientras unos tejían los fondos geométricos de los arcos, otros iban colocando estratégicamente estas flores de cucharilla. Parecía que el arco mismo estaba floreciendo. La concentración era total, solo interrumpida por la llegada de jarras de agua de sabor o café caliente que las vecinas traían para reanimar a los trabajadores.
No había paga. La recompensa era ver cómo, hora tras hora, ese montón de hojas espinosas traídas del cerro se transformaba en una obra de arte monumental.
El día de la feria: la ofrenda está lista
La víspera de la fiesta, los arcos estaban terminados. Eran enormes, cubriendo toda la entrada. La base de madera ya no era visible, solo el intrincado tejido blanco y verde, y las cientos de flores que parecían talladas en marfil vegetal.
El día de la feria, 25 de julio o 12 de enero, el pueblo despertaba con un orgullo especial. Antes de que llegaran las bandas de música, los puestos de feria y los juegos mecánicos, los ojos se posaban en la iglesia.
Los arcos de cucharilla no eran solo adornos; eran el portal entre lo profano y lo sagrado. Los peregrinos que llegaban de otros pueblos se detenían asombrados, admirando la labor. "¡Qué bonito quedó!", era el comentario generalizado.
Para la gente de Santiago Acayutlán, cruzar bajo esos arcos era cruzar bajo la ofrenda de todo su pueblo. Sabían que cada hoja, cada flor, cada espina quitada, representaba el sudor de sus hombres en el cerro y la devoción de sus mujeres y niños en el atrio.
Era una tradición que demostraba que las cosas más bellas no se compran con dinero, sino que se crean con fe, unión y trabajo comunitario. Hoy, los arcos de cucharilla son más raros, reemplazados a veces por materiales sintéticos o flores compradas, pero la memoria de aquellos días en que todo Santiago Acayutlán se unía para "bajar el cerro" y tejer su fe, sigue siendo una de las historias más hermosas de la región.
By. Yo