Una sirvienta ignorada por el tiempo, perdonada por la muerte, heredera, por capricho del silencio, de una casa y una historia. La ciudad que le abriga, pero jamás le sofoca, es altiva por sentirse eterna. Las calles pocas veces atienden a una anciana. De noche, las lámparas del nuevo alumbrado público queman su presencia, su cuerpo no está hecho para el siglo, los fantasmas la reclaman, la visita
n. Sin embargo, la confirman viva, la consagran hechicera de sabores, guardiana de las sensaciones que la muerte les priva. Desea, desean, esa noche, una noche, chocolate. Una mujer sola, de presencia dulce y amarga la acompaña en ocasiones especiales, pocas. La juventud renuncia a sus cánones estéticos e invade el espacio y los cuerpos saturados de antigüedad, imprime vida al entorno en caprichoso espiral. El reloj y el calendario pierden el control del tiempo y la vida se presenta en verdadera perspectiva, ayeres que da igual llamar mañanas, y presentes extendidos, como ligas, por los dedos del placer y el dolor. Una patria, un mundo incluso, parecieran nada cuando se dialoga con Eón. Sin embargo, importan, marcan y definen, porque nuestro tiempo somos y somos nuestro tiempo, aunque ambos conceptos en abstracto sean eternos, en nuestra dimensión, la de aquella anciana, aquella mujer sola, se matizan. Pequeñas variaciones que pueden negar el diálogo entre una generación y otra. Para ellas, México, Campeche, su tiempo, son los blancos lienzos sobre los cuales vierten los aceites liberados del cacao, para escribir su historia. Revolcándose puerilmente en un lecho de risas y llanto, aquella anciana, la mujer sola, se aferran a la mano del recuerdo y le quitan el nombre, lo desvisten de pasado y embriagan la memoria para que lo convierta en hoy. El aire de esas noches carga ofrendas, se vuelve pesado, pero discreto. Se le ve si se le quiere ver, si se vive, si se muere. Pero siempre se le padece, se sufre su abandono o su rapto. En algún punto, por su culpa, una mecedora y su crujir vuelven a ser la única compañía para la anciana. La eternidad, de pronto, se vuelve casa que niega la entrada a lo perecedero y encierra a los fantasmas. Una sirvienta heredera, por capricho del silencio, de una casa y una historia, ignorada por el tiempo, perdonada por la muerte; una mujer sola, vuelven a ser lo que, sin saber, son. Un brebaje hierve, el vapor aprisiona el eco de los arrullos, cantos y lecturas que rebotan por la casa; ahora sí es dulce y amargo, ahora sí está listo, por fin es chocolate.