04/09/2024
Comparto Breviario Cultural del Arte Manual si se te rompe una taza un jarrón. un plato de Arte hay remedio con la Técnica KINTSUGI: el arte de querer nuestras cicatrices técnica Japonesa :
El kintsugi es una técnica de origen japonés que se usa para reparar las fracturas de la cerámica con una resina mezclada con polvo de oro.
Este taller está orientado a compartir un trabajo emocional para facilitar procesos personales de transformación, mostrando nuestras fragilidades e imperfecciones. Mediante un proceso de reparación, hacemos visibles y remarcamos las cicatrices, de tal manera que hacemos aflorar una gran fortaleza que se desprende del simple hecho de mostrar nuestras cicatrices con dignidad. Dice la leyenda que el arte del kintsugi nació durante el s. XV cuando el sh**un japonés Ashikaga Yoshimasa envió su taza de té rota hacia China para que la repararan. Cuando la devolvieron, el sh**un se disgustó al ver que la pieza había sido enmendada con unas grapas de metal mediocres. Esto motivó los artesanos de la época a buscar una forma de reparación alternativa que fuera agradable a la vista.
De aquí se creó el arte tradicional de reparar las piezas rotas de cerámica o porcelana con un esmalte especial hecho con polvo de oro, plata o platino. El resultado son estas costuras doradas y bonitas que hacen brillar las grietas de la pieza, dándole un aspecto único.
En japonés kintsugi quiere decir “reparar con oro”. Un método de reparación que celebra la historia de cada objeto haciendo énfasis en sus fracturas en lugar de ocultarlas o disimularlas. El kintsugi da una nueva vida a la pieza transformándola en un objeto incluso más bello que el original.
Diversas ideas filosóficas del momento influyeron en la creación del kintsugi, como el wabi-sabi que se centra en coger la belleza en la imperfección, el mottainai que es el sentimiento de lamentarse cuando algo es malgastado y el mushin que tiene que ver con el principio de aceptar el cambio.Así pues, tal y como una pieza de porcelana hecha añicos reencuentra su utilidad y al mimo tiempo incrementa su belleza resaltando con oro la unión de cada fisura, las personas también podemos aplicar el kintsugi en nuestras vidas.
Si hemos sufrido alguna circunstancia dolorosa que nos ha dejado huella, tenemos la oportunidad de no hacer como si nada hubiera pasado y podemos contemplar la experiencia valorando todo aquello que ha dejado en nuestras vidas.
Según el kintsugi, además de la importancia de la recuperación funcional del objeto, su valor más grande radica en la aceptación de lo que se ha roto como parte de su historia. Las roturas y las reparaciones forman parte de esta historia y tienen que ser mostradas en lugar de esconderlas.
Las grietas se realzan y devienen en la parte más valiosa de la pieza, puesto que se han convertido en una muestra de la imperfección y la fragilidad. De este modo, la reparación es una forma de revalorizar el objeto a partir de su historia única y la celebración de sus defectos.
Ahora, la taza tiene valor por lo que fue y por lo que es, poniendo de manifiesto su transformación. Ha dejado de ser una taza convencional para convertirse en algo más. Tiene un valor añadido que da un significado nuevo y esencial al concepto de reparación.
Ante una forma de vivir que solo acepta como válido aquello que es joven, bello y proporcionado, la filosofía del kintsugi nos permite expresar que todo aquello que ha sido dañado tiene una historia digna de ser narrada.
Estas porcelanas rotas y agrietadas, con fisuras y heridas, son como un espejo donde nos podemos ver.
Contemplando nuestra naturaleza humana, nos observamos desde la fragilidad, el cambio inevitable y el envejecimiento. Así nos damos cuenta de que en nosotras también vive la naturaleza de la transformación, especialmente en aquellos momentos en que hemos recibido golpes y adversidades.
Y con esta reparación dorada tan visible y remarcada, más allá de mostrar la fragilidad y la imperfección, lo que hacemos es verbalizar una gran fortaleza que se desprende del simple hecho de mostrar —sin complejos— nuestras cicatrices.
Trasladamos la fragilidad de la porcelana a nuestra propia existencia humana, mientras reflejamos sus fracturas en nuestras propias heridas y cicatrices. Una metáfora donde la cicatriz se convierte en una oportunidad para afrontar el mundo y la vida desde la fortaleza.
Comprendiendo que nosotras somos como el objeto, que es más bello por haber sido roto y después haberse recuperado y reparado. Hemos dejado de ser algo convencional para convertirnos en algo más, con un valor añadido, y es precisamente en este punto donde el proceso de reparación adquiere una nueva comprensión.
Las cicatrices doradas son la prueba de la imperfección y la fragilidad, pero a la vez de la resiliencia —la capacidad de recuperarse—, dignas de ser alabada