16/03/2026
En la poesía
vislumbra nuestro rostro más oculto:
en ese lugar que no es lugar al que vamos reencontrándonos con la soledad
-con el dolor, con lo ominoso, con la plenitud, con la sensación que humedece nuestros secretos- buscándonos,
arropados por el silencio y la animalidad que se expresa,
nos transformamos en bramido, en personajes, en historias, en trazos, así, quien nos lee –nos mira, nos escucha, nos palma– se impregna de nuestro grito viviendo en nosotros, vivimos en ellos-ellas, nos deletreamos:
«La crítica al paraíso se llama lenguaje, la abolición de los nombres propios;
la crítica del lenguaje se llama poesía: los nombres se adelgazan hasta la transparencia, hasta la evaporación», decía Octavio Paz.
«Adelgazar los nombres hasta la transparencia, hasta la evaporación», preguntarnos otra vez por lo que somos, por el orden y el sentido de las cosas, roer el lenguaje hasta morder sus huesos:
en ese lugar sin lugar donde los significados se detienen, al regresar al origen -a la formación de los nombres- al leer el entorno y leemos intentamos contar lo que sentimos sumidos en la noche, frente al abismo:
transitamos de la crítica al paraíso a la crítica de los referentes, del pensar al percibir, de la sensación a la imagen en buscan decirnos;
reencuentro también con la tradición que, al percibir las señales que flotan en el viento, caen con la lluvia o el resplandor de la luna que brota del espejo de humo -al percibir el desamparo ante la inmensidad, al deletrear el contexto ante el abismo- se pregunta, palpa el misterio, se palpa así misma:
la tradición que viene desde Homero y pasa por Lucrecio; la que continúa con Dante y prosigue con Baudelaire y Rimbaud; la que extiende Eliot, Vallejo hasta llegar a Eunice Odio, Chantal Maillard o Ana Blandiana,
pues las actuales circunstancias -la época que, al olvidarse de sí misma, vació el lenguaje dejando de lado la memoria y los vínculos; en la que se impuso al primate convertido en el monstruo que gobierna, donde la amenaza del matón o el improperio del patán son los referentes;
circunstancias que envuelven nuestro contexto donde la sensibilidad se empobrece y se derruyen los símbolos, extendiendo el campo de concentración a todo tiempo y lugar, transformándonos en fantasmas que abrazan fantasmas, en personajes sin alma que lucran, sonríen como idiotas abrazados a su propio excremento-
nos obligan –o deberían hacerlo– a regresar a nuestros orígenes y conversar con los ecos de nuestros antepasados para intentar reencontrarse, pero no para rescatar el pasado y quedarnos en él, sino para redefinir el porqué de estar aquí, más allá del egoísmo enceguecido que nos subyuga, más allá de la indiferencia que se impone,
más allá del entretenimiento que nos somete a la mueca, a la frivolidad, a un alma mu**ta.
Tiempo para reformular, redefinir, redescubrir
para volver a los nombres y tratar de encontrarnos con otro rostro,
es decir, debería ser el tiempo de la poesía, del pensamiento sensible,
a pesar de los y las poetas,
a pesar de las y los pensadores,
a pesar de la domesticación,
de los rinocerontes,
del sonambulismo.
Álvaro Mata Guillé
La otra orilla, Cultural Tres Mil
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