11/09/2025
Los retratos humanos de José Rivela sobre personajes ilustres de elcercano. Hoy le tocó a Edelmiro Vázquez:
Edelmiro Vázquez Naval en la tertulia de El Cercano
Por José Rivela Rivela
Las tertulias literarias de Ourense tienen algo de sobremesa que nunca se acaba, como si fueran la prórroga de una misa mayor, pero sin cura ni evangelio. A El Cercano, ese café que Moncho Conde Corbal gobierna con más paciencia que un alcaide benévolo y con más verbo que muchos cronistas, llegan cada día los mismos rostros de siempre: Santiago Lamas, Pura Vázquez, Daniel, Manolo Montero, Carlos Barrajón… y también José Rivela, que escribe la crónica desde lejos, como si la distancia le ayudara a ver mejor lo que pasa en la mesa.
Aquel día, la sorpresa fue Edelmiro Vázquez Naval. Llegó con un cuaderno bajo el brazo, una sonrisa tímida y un silencio que parecía pedir permiso. Edelmiro no necesita alzar la voz: su sola presencia recuerda que un poeta no es alguien que habla mucho, sino alguien que escucha demasiado. Y escuchando ha aprendido a transformar la memoria de Toubes, la infancia campesina y los años de profesor de matemáticas en Ourense en versos tan exactos como las fórmulas que un día escribió en la pizarra.
“Un soneto es un teorema bien demostrado”, suele decir. Y al oírlo uno entiende que la poesía, para Edelmiro, no es un arrebato caprichoso, sino una ciencia exacta con la que se mide la emoción. Frente a la poesía líquida y atolondrada de tanto improvisador moderno, él prefiere el rigor clásico, la estrofa medida, el endecasílabo que encaja como una pieza de ajedrez.
En la mesa del Cercano, cada cual reaccionó a su manera. Santiago Lamas, que nunca interrumpe los silencios —más bien los custodia—, asintió como si un verso pudiera pesar lo mismo que una cita latina. Pura Vázquez, con su ironía, aseguró que lo importante no era contar sílabas, sino que las sílabas se dejaran bailar. Daniel, inclinado sobre el café, parecía buscar metáforas en el poso de la taza. Manolo Montero planteó si no sería mejor escribir sin reglas, “a lo libre”, como quien siembra patatas. Carlos Barrajón replicó que sin reglas no hay arte, sólo huerta salvaje. Y Moncho, lejos de permanecer callado, entraba y salía de la conversación con comentarios agudos, defendiendo una idea aquí, provocando una risa allá, como quien administra no sólo el café, sino también el pulso de la tertulia.
En ese clima apareció un invitado imposible: Velázquez. Nadie lo vio entrar, pero allí estaba, al fondo del café, colocando su caballete como si la penumbra de El Cercano fuera una sala del Alcázar de Madrid. Mientras Edelmiro abría el cuaderno y comenzaba a leer un soneto de saudade, el pintor lo observaba en silencio, con la mirada que reserva a los personajes de sus lienzos: mezcla de compasión, misterio y exactitud. El poeta hablaba de prados húmedos, de relojes que marcan el tiempo en aldeas donde la vida era lenta y la infancia aún olía a pan recién hecho. Velázquez, sin interrumpir, lo pintaba: la frente iluminada por la lámpara, las manos aferradas al cuaderno, la discreción de quien se sabe ajeno al estrépito.
Cuando terminó el soneto, nadie aplaudió, pero todos comprendieron que se había producido un retrato doble: el de los versos en el aire y el del óleo invisible que Velázquez acababa de dejar suspendido en la pared del café. Afuera pasaba el autobús que subía al Posío, alguien compraba lotería en la esquina, la lluvia golpeaba los cristales. Y sin embargo, lo único que existía en ese momento era la cadencia de un endecasílabo y la mirada del pintor fijando a Edelmiro para la eternidad.
Al salir, ya con los paraguas abiertos, todos llevábamos la sensación de haber participado en una pequeña ceremonia civil: la demostración de que todavía hay poetas que tratan las palabras con la misma devoción con que un matemático traza una ecuación en la pizarra. Y yo, que escribo desde lejos, pensé que quizá esa era la verdadera definición de El Cercano: un lugar donde la poesía, como el buen vino, no se sirve a gritos sino en voz baja, y donde Edelmiro Vázquez Naval, sin proponérselo, fue aquel día retratado por Velázquez con la exactitud de un teorema y la cadencia de un soneto.