25/05/2026
Señores... ¿por qué velas? 🕯️
He estado pensando seriamente qué responder cada vez que aparece esa pregunta recurrente en entrevistas, conversaciones o entre amigos curiosos:
“¿Por qué velas?”
“¿Por qué no postres?”
“¿Por qué no costura, maquillaje o diseño?”
Y mientras más lo pienso… más entiendo que las velas son uno de los grandes personajes incógnitos de la humanidad. Han estado ahí siempre. Calladas. Discretas. Pero presentes en casi todos los momentos importantes de nuestra existencia.
Y lo más increíble es que vivimos de espaldas a eso.
Reflexiona conmigo:
La vela es luz, sí… pero nunca una luz cualquiera.
Es una energía suave, cómplice, íntima.
Tiene algo de mística, de magia elegante, de teatro antiguo.
Es violentamente sensual y peligrosamente romántica.
Tiene ego. Tiene alma. Tiene drama.
Dime si recuerdas una escena romántica verdaderamente inolvidable sin luz de velas.
¿Un rezo?
¿Un bautizo?
¿Una promesa?
¿Un exorcismo?
¿Un altar?
¿Un adiós?
Siempre aparece una vela en silencio, como quien no quiere protagonismo… y termina robándose toda la emoción de la escena.
Las velas han sido incluso puentes invisibles entre mundos.
A ellas les hemos entregado súplicas, esperanzas, nombres, dolores y deseos.
Somos un pueblo de mil religiones distintas… y en ninguna falta una vela encendida.
Y sí, siempre aparece el práctico, el concreto, el habilidoso que dirá:
“Bueno… en Cuba también alumbran cuando se va la corriente.”
Y tiene razón!
Pero incluso ahí, en medio del calor, del apagón y del abanico convertido en ejercicio olímpico… la vela sigue acompañándonos.
Como una pequeña resistencia luminosa.
Pero para mí, lo más hermoso de todo es esto:
La humanidad entera coincidió, sin importar idiomas, fronteras, culturas o creencias, en entregarle a una pequeña y frágil vela la misión más grande de todas:
cargar un deseo humano.
La velita del cumpleaños.
Esa que todos aplauden.
La que el homenajeado mira fijamente antes de soplarla con toda la fe del mundo.
Esa diminuta llama donde depositamos nuestra esperanza más ingenua, más infantil y quizás más pura.
Y repetimos el ritual cada año…
hasta nuestros últimos días.
Ahí no importan países.
No importan religiones.
No importan clases sociales.
Todos volvemos a ser niños frente a una pequeña luz temblando.
Y tal vez por eso hago velas.
Porque, pensándolo bien…
todos somos un poco hijos de esa llama pequeña que insiste en alumbrar incluso cuando todo alrededor parece oscuro.
Atte Karelia de Cuba 🇨🇺 !