05/09/2026
de ✨
Como parte de una mirada íntima sobre la violencia, la infancia y las desigualdades que persisten en territorios aislados, de la brasileña Marianna Brennand, Manas, nos lleva hasta la isla de Marajó, en la Amazonía brasileña, para acompañar a Marcielle, una adolescente de 13 años que comienza a descubrir que la violencia que la rodea no es un hecho aislado, sino parte de una estructura que se ha normalizado durante generaciones. 🌿
Marcielle vive junto a sus padres y hermanos en una comunidad ribereña donde las carencias económicas, el aislamiento y las relaciones de poder forman parte de la vida cotidiana. Mientras intenta disfrutar de su infancia entre juegos, dibujos y los paisajes del río, comienza a reconocer las señales de una realidad que también amenaza a otras niñas de su entorno. La película construye este despertar desde su mirada, permitiéndonos comprender el miedo no a través de grandes discursos, sino mediante silencios, gestos y pequeñas acciones.
Uno de los mayores aciertos de Manas está precisamente en aquello que decide no mostrar. El abuso permanece muchas veces fuera de campo, pero se hace presente en los rostros, en las miradas y en la tensión que atraviesa los espacios familiares. En una secuencia especialmente dolorosa, Marcielle intenta encontrar la manera de proteger a su hermana menor, mientras comprende que aquello que ocurre a su alrededor forma parte de una cadena de violencia que otras mujeres también han aprendido a soportar. 💔
La película aborda así cuestiones como el abuso infantil, la violencia de género, el patriarcado y la transmisión generacional del trauma. Pero Brennand evita convertir a sus personajes en simples víctimas o victimarios.
Manas no busca ofrecer una esperanza fácil ni convertir a su protagonista en una he***na. Su rebeldía nace de algo mucho más sencillo y poderoso: la necesidad de sobrevivir y proteger a quienes ama. En ese gesto, la película encuentra su mayor fuerza. Porque cuando una niña decide cuestionar aquello que todos a su alrededor han aprendido a aceptar, romper el silencio se convierte también en una forma de resistencia.