31/03/2026
Gracias al señor que no tengo el gusto de conocerlo pero escribió está hermosa remembranza
REMEMBRANZAS DE CORDOBA
EL PUNGO
En las entrañas mismas de las Sierras de Córdoba, donde el viento baja contando historias y las piedras guardan memoria, se abre un paso antiguo: El Pungo. Su nombre no es casual ni moderno. “Pungo” proviene de una voz indígena, que significa “puerta” o “paso estrecho”. Y eso fue, desde siempre: una puerta natural entre las sierras, un umbral por donde la vida transitó mucho antes de que existieran los mapas.
En sus comienzos, El Pungo era apenas un sendero marcado por el uso y la necesidad. Los pueblos originarios lo conocían bien: era paso obligado entre valles, camino de intercambio, de encuentros silenciosos y saberes antiguos. Luego llegaron los tiempos de la colonia, y con ellos los arrieros, las carretas, el polvo y el cansancio. El Pungo siguió siendo puerta, pero ahora para hombres que llevaban ganado, mercancías y noticias de un mundo en expansión.
El lugar era duro, solitario, pero vivo. De día, el sol caía sobre la tierra abierta; de noche, el cielo parecía más cercano y los fogones eran puntos de luz en la inmensidad. Allí no se permanecía: se pasaba. Era tierra de tránsito, de pausa breve, de horizonte siempre pendiente.
Pero el tiempo, paciente, fue sembrando otro destino.
Donde antes solo había paso, comenzó a haber encuentro. Y así, casi sin anunciarse, nació el boliche. Una construcción sencilla, de esas que no buscan imponerse sino servir. Y, sin embargo, terminó transformándolo todo.
El Boliche Musical de El Pungo encendió la noche serrana. La vieja “puerta” dejó de ser solo camino para convertirse en destino. Las guitarras comenzaron a sonar, los bombos a latir, las voces a mezclarse con el viento. Desde La Falda y los pueblos cercanos llegaba la gente, atraída por algo más profundo que la música: la necesidad de compartir.
Allí se bailó, se rió, se amó. El boliche fue refugio y fiesta, memoria viva de generaciones que encontraron en ese rincón serrano un lugar propio. Las paredes guardaron historias que nunca se escribieron, pero que aún flotan en el aire.
Y hoy, El Pungo sigue siendo lo que su nombre