Leer ante un grupo de amigos, de colegas amables, o ásperos, pero siempre exigentes. Frente a un micrófono que proyecta, de una manera o de otra, el equívoco de toda escritura. Con raro afán, y sumo temor, y nervios: poner a prueba un texto recién escrito o que ofrece, todavía, sus íntimas contradicciones. Sobre esa tierra de nadie que es casi siempre toda lectura en voz alta. Ejercer, para variar
un poco, la admiración, el contrapunto. Con una voz pequeña o declamada -depende del intérprete. Como si levantar la voz equivaliera -en poesía, al menos- en bajarla y escuchar, entre otras cosas, un cuento o el fragmento de una novela. Sobre todo ahora que los narradores dejaron sus escritorios y tienen sus propios ciclos de lectura (¡a Dios gracias!) Abrir, mezclar la voz, las voces, el juego. Y hacerlo como lo hacen los niños: con terribles antenas, y todavía más. Inspirarse. Bajar la guardia y aprender. Abandonar la casa, el cónclave, la familia. Ahora que se habla tanto de seguridad, bueno: sentirse inseguro. Por un rato, al menos. Dejar de lado el espacio virtual. Tomar una cerveza con los amigos. Los sábados, cuando empieza la noche. Como una previa de esa promesa de felicidad que son los sábados casi siempre. Una vez al mes. A cargo de esa banda de ángeles que son los chicos y chicas del taller; los verdaderos hacedores de El rayo verde, sin lugar a dudas. Antes de que un rayo nos parta. O después, no importa. Como en esa novela famosa de Julio Verne, donde sus personajes salen, medio desaforados, en busca de un momento crucial. Pónganle ustedes el nombre que quieran. Para nosotros, El rayo verde es un nombre perfecto.