Presidencial Palace Bucarest
07/01/2026
INDICE general
¿Qué es la escatología?
El Espíritu habita en nosotros, está dentro de nosotros
Ateos y creyentes ante la muerte
Señor, apiádate de mí que soy un pobre pecador
La muerte
Nuestro planeta llamado tierra
Evidencias
Problemas comunes
El futuro de acuerdo con la teoría del Big Bang
Física especulativa más allá del Big Bang
Interpretaciones filosóficas y religiosas
Las contradicciones de Santayana
An earlier universe
Il giudizio particolare
Intervista al card. Carlo Maria Martini
Cielo
Purgatorio
In****no
Intervista al card. Camillo Ruini
La novità della vita eterna dopo la morte
Un libro del cardenal Angelo Scola sobre la muerte
El juicio
Esperanza de la vida eterna
Tres posibilidades
Venid benditos de mi Padre
El drama de Caín y Abel
El valle de los huesos secos
¡Lázaro, sal fuera!
Renacer de lo alto
El purgatorio: último “momento” de purificación
La encarnación gesto radical de amor
Pedro le pregunta qué recibirán los que lo han dejado todo
Venid, benditos de mi Padre
Ciudadanos del cielo, moradores de la casa de Dios
La esperanza en los cielos nuevos y en la tierra nueva
La muerte eterna según la Tradición y el Magisterio
El in****no, creación del hombre
En presencia de Dios Justo Juez
El cielo estado supremo y definitivo de dicha
El juicio particular después de la muerte de cada uno
La purificación final o purgatorio
El in****no y la perdición eterna
El Juicio final
… fruto de la gracia
Pero no se apuran: su gloria es el mismo Dios
Agonía y muerte de Benedicto XVI
Muerte de Papa Francisco : lunes 21 de abril de 2025
Testamento del Papa Francisco
APENDICES
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PORTADA:
Arzobispo Francisco-Javier LoZANO
NUNCIO APOSTOLICO
POSTRIMERIAS
LA MUERTE
NO ES EL FINAL
ES
EL PRINCIPIO
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postrimerias
La muerte
No es el final
Es
El principio
¿Qué es la escatología?
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 16,26)
¿Qué es la escatología?
Muchas veces hemos escuchado hablar de temas como la muerte, el cielo, el in****no, el juicio o el purgatorio. Pero pocas veces nos detenemos a meditar en estas realidades de fe que nos implican a todos, es más, me atrevería a decir que ni las conocemos de una manera exhaustiva y eso que lo profesamos frecuentemente en el credo.
Afrontar el tema de la muerte no deja a nadie indiferente.
¿Dónde está la noticia grande y consoladora para nosotros? En que la vida que nos da el Espíritu Santo es la vida eterna. La fe nos libera del horror de tener que admitir que todo termina aquí, que no hay redención para el sufrimiento y la injusticia que reinan soberanas en la tierra. Nos lo asegura la palabra del Apóstol: «Si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los mu***os, habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo de entre los mu***os también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en vosotros» (Rom 8,11).
El Espíritu habita en nosotros, está dentro de nosotros
Así es. Esta es la gran revelación: La fe, nuestra fe, nos libera del horror de tener que admitir que todo termina cuando nuestro cerebro no da ya más señales de vida: encefalogramma piatto!
Muchos dirán: todo pasó como un suspiro. Como si fueran de ayer los desaforados gritos al salir de la entraña materna. Como si todo se hubiera pasado en un cerrar y abrir de ojos: y ahora, descubrimos ante nosotros al Juez Justo, a Dios todopoderoso que nos llama a su presencia.
¡Qué alegría! …la vida no termina, se trasforma, como nos dice el Prefacio de difuntos. Cristo ha vencido la muerte.
Y entonces vi la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de mi vida.
Vi que el dolor precipitó la huida
y entendí que la muerte ya no estaba.
Morir sólo es morir. Morir se acaba…….
Es ésta la primera vez que, delante de mi computer, me enfrento al tema morir, morirse, muerte. Y no la de un anónimo protagonista, sino de uno mismo, de este sacerdote, arzobispo, cristiano de a pie al final de su recorrido terrestre, mundano, finito: como todo lo creado.
Hace ya varias semanas que estoy queriendo fajarme con el tema “todo lo creado” y comencé a meterle el diente rellenando varias páginas sobre el “Big Bang”, tomando pie del libro de M. Olivier Bonnassies y M. Michel-Yves Bolloré “Dios, la ciencia, las pruebas. El albor de una revolución”
250.000 ejemplares vendidos en Francia, con el prólogo de Robert W. Wilson, galardonado con el Premio Nobel de Física en 1978. Se trata de un ensayo sobre las pruebas científicas de la existencia de Dios, fruto de tres años de trabajo en colaboración con un equipo de veinte científicos y 62 premios Nobel. El argumento central de la obra, según recoge el prólogo, es que la ciencia no desmiente la existencia de Dios.
En este libro, se explica que durante cuatro siglos, de Copérnico a Freud, de Galileo a Darwin, los descubrimientos científicos se acumularon, dando la impresión de que era posible explicar el Universo sin tener que recurrir a Dios: “A principios del siglo XX, el materialismo parecía haber triunfado intelectualmente”. No obstante, “el péndulo de la ciencia ha vuelto a oscilar en la otra dirección. Se han ido sucediendo más y más descubrimientos, como los de la mecánica cuántica, la relatividad, la expansión del Universo y su muerte térmica”.
La ciencia ha cambiado de lado y ahora todo converge. La primera ciencia planteó un problema a los ateos, pero ahora no. Cuando vemos un fuego en una chimenea, sabemos que en unas horas habrá ceniza, pero también sabemos que alguien lo ha encendido. “De la nada no puede salir nada”, leemos en este libro, que va dirigido también y sobre todo a los jóvenes. Más allá de conocimiento, competencias o destrezas técnicas, nuestros jóvenes necesitan alcanzar una sabiduría que les permita afrontar cualquier influencia cultural y social que les pueda distorsionar la percepción del bien. Ayudar a saber discernir, a ser personas libres con vocación de servicio; en definitiva, ayudar al joven a encontrar una razón y un sentido para vivir. No debemos olvidar que en el corazón del anuncio cristiano está la libertad: de Dios y del hombre.
Conforme han ido evolucionando los avances científicos tras la revolución industrial, parecía que todos los argumentos estaban dedicados a demostrar que Dios no existía, a atacar a la Iglesia, a defender que el ser humano puede entender por sí mismo todo. Sin embargo, tras el siglo XIX una serie de descubrimientos evidencian lo contrario, como describe el libro del que hablamos: si ha habido un inicio del Universo y un final, tiene sentido pensar que alguien lo ha creado.
El libro no te demuestra que hay un Dios, pero te lo propone y proporciona una nueva perspectiva a la ciencia, una nueva manera de conocer la naturaleza y el cosmos y, por lo tanto, aporta una visión trascendental, pues hace pensar sobre el inicio del mundo, el final del universo y, por consiguiente, plantea la existencia de un Dios creador que ha generado todo. Consiguientemente, a lo largo de sus páginas explora la cuestión de la existencia de Dios.
Un modo superficial (aunque realístico) son los relatos que aquí y allá leemos en los periódicos en versiones parecidas a la que sigue:
Ateos y creyentes ante la muerte
Un conocido director de cine italiano, Mario Monicelli, respondió al periodista que le preguntaba sobre la muerte con estas palabras más o menos: mi scoccia, mi secca dover morire.
Y como a él he oído ya a más de uno que, desde el agnosticismo o el pretendido ateísmo, dicen más o menos lo mismo: me fastidia, me irrita, me revienta tener que morirme.
Y con esto acaso crean que ya lo han dicho todo. Pero estas palabras de irritación y fastidio no hacen sino esconder la propia impotencia ante algo que barruntan que es muy grande y, al mismo tiempo, evidencian una supina superficialidad existencial al no hacerse por lo menos una pregunta en lugar de externar un sentimiento nimio, chato y vulgar.
Ormai minato da un cancro alla prostata in fase terminale, la sera del 29 novembre 2010 verso le ore 21, Monicelli, a 95 anni, decide di togliersi la vita gettandosi nel vuoto dalla finestra della stanza che occupava nel reparto di urologgia, al quinto piano dell'Ospedale San Giovanni Addolorata, dove era ricoverato. Dopo le commemorazioni civili tenutesi nella sua casa romana al Rione Monti e presso la Casa del cinema, il suo corpo è stato cremato.
Hizo exactamente lo mismo que su padre medio siglo antes: suicidarse.
Cito a Monicelli no por la originalidad sino simplemente porque para mí es un ejemplo paradigmático. Tantos miran al firmamento (o al microscopio, si se prefiere) y quedan anonadados ante los graves y múltiples interrogantes que suscita en lo más íntimo. Muchos, muchísimos, que no encuentran respuesta a tanta pregunta ante los misterios del creado y sobre todo ante los misterios de la vida, se cierran a la palabra Dios omnipotente como respuesta a tanta y radical impotencia. Es todo un mundo insondable e intrincadísimo el del pensamiento, del devenir, la conciencia, el espacio, el tiempo.
Pero tal actitud – si es radical y consecuente – conduce solamente a una palabra o, como diría un escolástico, a un ente/no ente: la nada.
¿Existe la nada? ¿se la puede siquiera nombrar? ¿dónde la catalogamos? En el mundo de la privación, de la carencia, de la falta, del desposeimiento, la merma, el déficit, el vacío, la negación, la inexistencia.
Queda, por supuesto, siempre un interrogante, muchas preguntas, la duda existencial. No, yo no soy capaz – me dices - de responder adecuadamente aquí y ahora a esta duda radical, pero esto no quiere decir que no haya una respuesta adecuada y convincente. Acaso un día vendrá a la luz.
Es una hipótesis, pero de momento son las tinieblas más tupidas las que envuelven tu entorno de agnóstico, de pretendido ateo.
Pero yo – me dices- no claudico, no me abro a esa palabra/concepto/pretendida realidad que responde instantáneamente a todas mis preguntas. Me niego a que sea Dios la respuesta radical a tanta pregunta y duda.
Desde la otra orilla está, estamos, quienes sabemos que Dios es la única respuesta a tanta pregunta y que Jesucristo ha dicho en nuestra propia lengua y humanidad las palabras para que entendamos el misterio y ha cumplido los gestos para que un mundo de pecado quede recreado en la gracia y luz de Dios.
Estas últimas pobres frases y alguna que otra biblioteca repleta de volúmenes sabios y eruditos son el complemento a mi poquedad y torpeza. Perdóname.
Mas, al final del túnel hallaremos siempre e irremediablemente la misma respuesta: Dios, Jesucristo.
Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte, porque lo ha sometido todo bajo sus pies. (1 Cor 15,25-27)
Hasta aquí mi articulillo sobre el ateísmo y la muerte. Escritos como éste o parecidos he ido hilvanando durante estos años para enviarlos vía internet al círculo de mis amigos y conocidos. Es una especie de apostolado de la pluma que me he impuesto y que, al parecer, da buenos resultados. Aparte de que me obliga a confrontarme con las exigencias de mi ministerio episcopal, los desafíos del pensamiento actual y las ansias de los hombres y mujeres pensantes de nuestro tiempo por encontrar luz ante las últimas preguntas, las postrimerías, como dice la teología clásica.
(Releído ahora, en plena tempestad del COVID-19, muchas de aquellas frases adquieren un relieve inesperado, fúlgido, sorprendente).
En el límite de mis posibilidades y corta inteligencia he procurado aclarar dudas, ahondar en problemáticas, posicionarme ante los eventos cruciales de nuestro tiempo con la esperanza de brindar esperanza. Lo de posicionarme me ha acarreado en ocasiones algún que otro sinsabor (alguna crítica abierta) y el alejamiento silencioso de otras inteligencias en desacuerdo. Porque haber nacido para la cultura teniendo los modestos orígenes de mi tierra de pinares, – aparte de motivo de gratitud imperecedera – es compromiso y exigencia. Y lealtad. No se pueden esconder las propias creencias. No se puede silenciar lo que da sentido a mi vida y a las vidas de cuantos me rodean. Cada mañana nos confrontamos con lo que ocurre a nuestro alrededor, un entorno que coincide con las dimensiones de nuestro modesto planeta o incluso más. Y hay que posicionarse, tenemos que aplicar criterios, se nos exige emitir juicios. Por supuesto que pisamos el terreno resbaladizo de los contrastes, de los intereses, de los soslayados dogmatismos.
Para uno que hace profesión de su fe cristiana, católica y tiene obligaciones de magisterio, la cosa se hace vidriosa, comprometida. Imagino que será idea bastante común entre los intelectuales dar por asentado que un arzobispo es un dogmático sin fisuras sólidamente asentado en las verdades del credo, en los cánones de innumerables concilios, en las páginas sin fin del catecismo de la Iglesia católica. También imagino que a los más formados e informados no escapa la presunción de que también un arzobispo tiene derecho a la duda en las creencias y está asentado en la razón como todo hijo de vecino. Aparte de que tampoco los intelectuales deben olvidar nunca que la Iglesia católica es la patria de la libertad.
Señor, apiádate de mí que soy un pobre pecador
Cada una de estas palabras – tan verdaderas – podrían ser inicio de sendos capítulos de estas reflexiones que – con temor y temblor - estoy intentando abordar.
Vienen de la parte del “enjuiciado”, del peregrino que comienza a barruntar – con temblor y temor, mucho temor – que está llegando al fin del camino. Y esto impone mucho respeto.
Tenemos los días contados.
…. MORTIS ACULEO – EL AGUIJON DE LA MUERTE
Porque el cuadro y panorama que los hechos, la ciencia y la fe cristiana enarbolan sin sombra de duda es que el final se acerca, que la meta se avecina y que el Justo Juez nos convoca a rendir cuentas al final de la jornada, que para unos (los más robustos) son los 90, para otros los 80, los 70, 60, 50 ….. sin excluir la más tierna infancia, que ha visto en tiempos no tan lejanos un elevadísimo número de recién nacidos desvanecerse, morir en las primeras semanas de vida.
Naturalmente en todo este acontecer de vida y muerte, la palabra que decreta, dirime y decide el certamen y juicio es: “libertad”.
Nos hiciste libres, Señor, y la sentencia es el justo premio/castigo al propio albedrío.
En nuestra mano estuvo siempre la alternativa de optar por el bien o por el mal. Con sus altos y sus bajos, naturalmente.
Pero al pensar, y escribir – tarea aún más ardua – en y sobre las postrimerías me siento como perdido. Uno – al menos yo – desearía afianzarse en lo seguro, en lo sensible, en lo sensitivo: pensar en Dios, en su Hijo Jesucristo, en las personas que has conocido y llegar a la convicción de que son algo real, una continuación de mi experiencia sensible, constatable cuando los trataba, cuando hablaba con ellos. Pongamos por caso, mi madre, mi padre, mis amistades.
Pero te asalta irremediablemente la duda, la incapacidad de enraizarte en lo real: ellos y ellas fueron personas que existieron con toda certeza, que dejaron ciertamente una huella en este mundo, pero cuya existencia hoy, al cabo de los años se te presenta cuajada de dudas, como en una nebulosa.
“Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». Entonces le responderán los justos: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o desnudo y te vestimos?, o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte?» Y el Rey, en respuesta, les dirá: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Entonces dirá a los que estén a la izquierda: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era peregrino y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis». Entonces le replicarán también ellos: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, peregrino o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos?» Entonces les responderá: «En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. Y éstos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna” (Mateo 25, 31-46)
Hay que posicionarse, tenemos que aplicar criterios, se nos exige emitir juicios, acabo de escribir poco más arriba. Palabras que referidas a las postrimerías y a la dimensión de eternidad en que nos movemos y en que intento (no sé con cuanto éxito) posicionarme en este escrito, adquieren un peso y demandan un esfuerzo que un poco me asusta.
Porque la primera duda que me asalta versa sobre la autenticidad, la fortaleza de mi fe. Así como suena. Mi interlocutor es, en todo momento, Jesucristo, el Hijo de Dios vivo. En El confío. Corazón de Jesús, en Ti confío.
Pero ¿qué es la escatología?: La rama de la teología sistemática que trata sobre los novísimos (cosas últimas del ser): muerte, juicio, cielo, in****no o purgatorio. Las verdades esenciales de la escatología han sido definidas principalmente en el cuarto Concilio Lateranense (a. 1215).
Así como la amenaza del castigo aparta al niño de sus travesuras, del mismo modo los temores de los castigos de la otra vida nos apartan del pecado y nos hacen vivir una vida con miras a que hay un más allá y realidades que nos esperan según hayamos vivido. Esto se confirma con el ejemplo de muchos santos quienes se convirtieron o se perfeccionaron con la meditación constante de estas realidades.
¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó.
Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor. (De la carta del apóstol san Pablo a los romanos 8, 31b-35. 37-39)
Nada ni nadie podrá jamás separarnos del amor de Cristo. San Pablo, cuando escribía estas frases, hablaba por propia experiencia desde que vio la Luz en el camino de Damasco y, en Roma, encontró la palma del martirio.
LA MUERTE
La primera realidad es la que nos espera a cada uno de nosotros al final de nuestra vida y de la cual no podemos escapar. Inmediatamente después de morir seremos presentados por nuestro ángel de la guarda ante el trono de Dios para nuestro juicio particular.
“Querido hijo: Acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los mu***os y es descendiente de David. Esta es la Buena Noticia que yo predico, por la cual sufro y estoy encadenado como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso soporto estas pruebas por amor a los elegidos, a fin de que ellos también alcancen la salvación que está en Cristo Jesús y participen de la gloria eterna.
Esta doctrina es digna de fe: Si hemos mu**to con Él, viviremos con Él. Si somos constantes, reinaremos con Él. Si renegamos de Él, Él también renegará de nosotros. Si somos infieles, Él es fiel, porque no puede renegar de sí mismo”.
(De la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 2, 8-13)
La muerte es una constante en la naturaleza, todo se transforma y perece tarde o temprano; negar esta realidad es una batalla perdida que genera una gran dosis de sufrimiento. El costo es demasiado alto. Los seres humanos somos presa del propio éxito que hoy nos aplasta y amenaza, al creer falsamente que la tecnología puede solucionarlo todo. La muerte se presenta aún como un fracaso de la ciencia. En ello se ha perdido el sentido mismo de las personas y las cosas, lo cual ha provocado aislamiento y segregación; nunca ha sido más cierto que el envejecimiento y la muerte son condiciones intolerables para la sociedad.
Los cambios en la sociedad y en la conciencia líquida de que habla Bauman no conocen frontera. La contradicción en nuestras sociedades no procede únicamente de la distancia entre cultura y economía, procede también del propio proceso de personalización, de un proceso sistemático de atomización e individualización narcisista. Narcisismo en el cuerpo, visible directamente a través de mil prácticas cotidianas: angustia de la edad y de las arrugas; obsesión por la salud, por la «línea», por la higiene; rituales de control (chequeo) y de mantenimiento (masajes, sauna, deportes, dietas); cultos solares y terapéuticos (superconsumo de los cuidados médicos y de productos farmacéuticos), etc.
El miedo moderno a envejecer y morir constitutivo del neo-narcisismo: el desinterés por las generaciones futuras intensifica la angustia de la muerte, mientras que la degradación de las condiciones de existencia de las personas de edad y la necesidad permanente de ser valorado y admirado por la belleza, el encanto, la celebridad hacen la perspectiva de la vejez intolerable. La eutanasia – solución egoísta de los familiares para deshacerse de los viejos y heredar – se abre paso también en la conciencia débil de la persona mayor que ve en la muerte el final de esos dolores físicos y espirituales para los que no tiene armas de defensas. La ha arrojado hace ya mucho tiempo por la borda al hacerse cómplice del superconsumo. Cuanto más la sociedad se humaniza, más se extiende el sentimiento de anonimato; a mayor indulgencia y tolerancia, mayor es también la falta de confianza personal; cuantos más años se viven, mayor es el miedo a envejecer; cuanto menos se trabaja, menos se quiere trabajar; cuanto mayor es la libertad de costumbres, mayor es el sentimiento de vacío; cuanto más se institucionalizan la comunicación y el diálogo, más solos se sienten los individuos; cuanto mayor es el bienestar, mayor es la depresión. La era del consumo engendra una de-socialización general polimorfa, invisible y miniaturizada. El hedonismo tiene como consecuencia ineluctable la pérdida de ciertos valores, lleva al egocentrismo y a la indiferencia hacia el bien común, a la falta de confianza en el futuro, al declive de la legitimidad de las instituciones.
No se debe culpar ni a la tecnología ni a los médicos, como sucede habitualmente; en realidad, no son más que instrumentos sociales y, por ello, un reflejo más o menos fiel de la sociedad en la que se insertan y los condiciona a ciertas actitudes; la responsabilidad se remonta a los valores, que la cultura y la sociología de la muerte han cambiado profundamente con una actitud de profundo rechazo a esta inmutable realidad. El enfermo terminal y el anciano constituyen un malestar que se contrapone a una fantasía egocéntrica de control del universo; se intenta expulsar a la muerte del mundo de los vivos. El ser humano no puede vivir ni morir solo, requiere de otros, los que muy probablemente le darán la espalda cuando su estado sea un malestar social y lo harán disfrazando la realidad de tecnología o de comedia (medicalizada, institucionalizada, prohibida); pero, procurarán no acercarse mucho porque la muerte del otro es la muerte de uno mismo y del lazo que los unía y fortificaba; la muerte causa angustia y enfrenta una realidad social que se acepta con poca reflexión; el hombre prefiere no reconocerse a sí mismo en el otro o a través del otro cuando está muriendo. Estos valores y realidades se contraponen, lo que origina un conflicto, de la persona contra la muerte, del médico contra la muerte, y de la familia y la sociedad contra la muerte; por añadidura, todos los actores entran en crisis. Este conflicto doloroso ha llevado por fortuna a detenerse y replantear las actitudes relacionadas con lo finito y lo moribundo; es necesario reclamar otra vez el derecho a la buena muerte, a la aceptada y con compañía, reconocer el hecho como un proceso digno de vivirse y empezar a cuestionar las preferencias hacia la extensión dolorosa de la agonía y el apego terrenal.
Reflexionar sobre nuestra muerte es reflexionar sobre nuestra vida. La muerte es una dimensión de la vida. Para Martin Heidegger, filósofo existencialista, la muerte es el acontecimiento esencial en la aventura humana. La muerte es un misterio, la consideramos como el momento de decir adiós a todo, es el viaje de irás y no volverás. ¿Por qué nacimos, si vamos a morir? Cuando el cuerpo enfermo siente sensación de declive, de fragilidad, desarmonía, malestar, disolución… se vislumbra un momento trágico de desaparición con pérdida de todo: familia, posición social, patrimonio, fortuna… La muerte se produce al cesar las funciones fundamentales: actividad cardíaca y actividad respiratoria, lo que representa el cese de las funciones cerebrales.
Pierre Teilhard de Chardin estudia profundamente el tema de la muerte relacionado con el cristianismo. La muerte es una debilidad incurable de los seres corporales. El mismo autor tiene los ojos fijos en Cristo resucitado, hacia quien toda la creación aspira y en quien encuentra su consistencia. Cristo ha vencido la muerte.
“No queremos, hermanos, que viváis en la ignorancia acerca de los que ya han mu**to, para que no estéis tristes como aquellos que no tienen esperanza. Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con él.
Queremos deciros algo, fundados en la Palabra del Señor: los que vivamos, los que quedemos cuando venga el Señor, no precederemos a los que hayan mu**to. Porque a la señal dada por la voz del Arcángel y al toque de la trompeta de Dios, el mismo Señor descenderá del cielo. Entonces, primero resucitarán los que murieron en Cristo. Después nosotros, los que aún vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos al cielo, sobre las nubes, al encuentro de Cristo, y así permaneceremos con el Señor para siempre.
Consolaos mutuamente con estas palabras”. (De la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses 4, 13-18).
Tras oír las consoladoras palabras de San Pablo para que no estemos tristes como aquellos que no tienen esperanza, nos emplazamos ciertamente en la perspectiva de Cristo resucitado y su promesa de permanecer con El para siempre.
Una promesa, una garantía de que también en el 2025, cercano ya a cumplir los 81 años, en mi piso frente al Vaticano, viviendo solo y en solitario, gozando de la afectuosa cercanía de amigos y familiares – algunos de ellos (bastantes) también octogenarios – me emplazo con harta frecuencia ante el altarcito de que dispongo en la “capilla” que me he construido, y me dirijo fervientemente a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Invoco la protección de la Santísima Virgen, suplico y me encomiendo a las almas buenas que ya están gozando de la presencia divina, comenzando por Sor Antonia Martínez, “la santa murciana” que se inmoló durante 20 años en Mozambique, siempre con la sonrisa en los labios y la misericordia y compasión en su alma de misionera franciscana.
Cristo Jesús se encuentra ciertamente allí presente en mi capillita, me sigue prometiendo la vida eterna si continúo siendo fiel a sus mandamientos.
Todo ello garantizado por la fe cristiana.
Dicho lisa y brevemente: es la fe quien me lo asegura, me lo garantiza. Pero, por otra parte, mi cuerpo de carne y hueso anhela un Cristo visible, una persona física, ese Alguien que, desde que tuve uso de razón, existe en el centro de mis convicciones y de mi vida entera, durante estos 81 años de existencia que llevo en el planeta tierra.
Pero esto – de momento – no creo que vaya a ser posible. Yo veo. Ciertamente veo y creo, pero “como en un espejo”, el espejo de la fe … siempre atravesado por la duda, sin respuestas tajantes que alejen la incertidumbre, la incredulidad, la inseguridad, la sospecha, la vacilación, el titubeo, el fluctuar, el recelo.
Dios, la Trinidad lo sabe todo, lo conoce todo, está al tanto de todo porque lo penetra todo.
Su omnisciencia sobrepasa cualquier conjetura y pensamiento humano porque El mismo es el origen y causa de todo lo creado, incluidos los pensamientos más recónditos.
Y, sin embargo (sé que estoy diciendo un despropósito) al alma humana, a mí, a mi yo finito y criatura suya, nos deja aún insatisfechos, en tinieblas. El interlocutor al que aspiramos quisiéramos que fuera de cuerpo y alma. Y me dirás: es que Jesús era (y es) cuerpo y alma. Un cuerpo dado a la luz en Belén y desangrado hasta la inanición y muerte en cruz en la ciudad santa, Jerusalén.
Pero insisto: nuestra humanidad pide más, exige categorías humanas, amoldables a lo que hemos tenido y sabemos que es vida humana: desde el útero materno a la caja de un lóbrego ataúd colocado sobre el mármol frio de la basílica de San Pedro, en Roma, mientras resuenan los cantos gregorianos y nos aguarda el último viaje aéreo con destino a Villaverde de Iscar, en tierra de pinares.
Esta foto fue tomada el 25 de julio de 1994 en la Basílica de San Pedro durante mi consagración episcopal.
Y es en este mismo, preciso lugar frente al altar de la Cátedra donde se coloca el ataúd del nuncio que muere en Roma: para oficiar su funeral y darle el último, postrer saludo.
Decenas de veces he participado devotamente a este rito fúnebre y un día llegará mi turno y seré yo, de cuerpo presente, quien oirá desde ultratumba las plegarias y cantos de quienes vayan tomando el relevo en representar al Papa en el mundo.
Al hilo de los cantos gregorianos y del postremo vuelo a tierra de pinares estamos en lo cierto al decir que Dios no juega a los dados con el universo y nada sucede por casualidad: Albert Einstein estaba firme e incluso intuitivamente convencido de ello. Aunque los defensores de la física cuántica afirmaban lo contrario, no se cansaba de postular la existencia de leyes ocultas capaces de guiarnos hacia la verdad de las verdades, es decir, reconocer un orden preciso en el mundo, sin el cual la ciencia misma no podría existir.
Con el tiempo, la disputa casi ha adquirido un significado metafísico. La piedra angular de la mecánica cuántica consiste de hecho en el principio según el cual no es posible medir cosas con absoluta precisión: partículas como electrones o fotones no tendrían una posición precisa en el espacio, serían distribuciones de probabilidad simples. Einstein se mostró escéptico de estas conclusiones desde el principio, manifestándose seguro de que todavía hay algún orden, aún no descifrado, cuyo conocimiento podría permitirnos medir todo sin equivocarnos.
En esta convicción no estaba solo; de uno de sus aliados, el historiador Christopher H. Dawson, se cumple ahora el cincuentenario de su muerte. El punto de convergencia entre los dos es clave para entender la vida. Es decir, el hecho - como Dawson argumenta de acuerdo con Einstein - de que la posibilidad misma de la ciencia depende de la fe en una racionalidad última del universo. De hecho, no se esperaría que la naturaleza, a priori, respetara leyes racionales y comprensibles a la mente humana. Para decirlo con Einstein: precisamente la certeza de que Dios no juega a los dados con el mundo nos permite "penetrar más profundamente en el secreto del Gran Viejo".
Al propio Dawson, se sumó otro premio Nobel de Física, el húngaro Eugene Wigner, quien además de ser uno de los padres de la bomba atómica, investigó el misterio sobre el que se basa la posibilidad misma de la existencia de la bomba atómica. Lo llamó "la efectividad irrazonable de las matemáticas en las ciencias naturales". Y quiso decir que, pensándolo bien, la ciencia de los números es un producto de nuestro pensamiento, una estructura puramente formal. No existe fuera de la mente humana: ¿por qué entonces es respetado por la realidad física? Los átomos ciertamente no son conscientes de cómo funcionan las ecuaciones diferenciales. Según la pura lógica, no es en absoluto natural que el mundo se comporte matemáticamente. Así que estamos tratando, según Wigner, con el "regalo inmerecido" de alguien. Más poéticamente, Einstein lo llamó un "milagro misterioso".
La complejidad de tal razonamiento corre el riesgo de llamar la atención y sigue rondando las mentes de los más grandes científicos, como en el caso de Hawking, siempre atraídos por lo que hay más allá, incognoscible pero perceptible. Después de todo, incluso en la vida práctica, ¿no nos lleva a reflexionar el hecho de que una simple herida tiende siempre a cicatrizar espontáneamente, según un orden inscrito en las cosas? El funcionamiento del cerebro, la síntesis de la clorofila o la refracción de la luz no son "naturales", pero han actuado desde antes de que la mente humana les diera un nombre.
El misterio está ahí y la fe puede sugerir hipótesis, no conclusiones definitivas. Pero es interesante notar cómo los descubrimientos más avanzados de la física terminan por volver a plantear la pregunta inicial en términos diferentes. Si en la materia los vacíos son enormemente mayores que los llenos, y dominan los campos magnéticos, las fuerzas, las atracciones, las radiaciones, los flujos de electrones en gran parte insondables, sólo tenemos que detenernos en el umbral del enigma.
Ya sea que estén gobernados por leyes no descubiertas, o si su naturaleza profunda demuestra ser refractaria al cálculo racional, al final, el misterioso milagro de Einstein acecha a todos.
Pero es que la problemática anterior y alguna de las agudas reflexiones someramente pulsadas emergen a la superficie en algo tan aparentemente trivial y desafiante como los interrogantes sin respuesta lógica de muchos de los variados programas de astronomía que vemos casi aburridamente en servicios divulgativos de televisión. Pongamos por caso en FOCUS TV.
Sobre las galaxias, por ejemplo: su aparición, expansión, colisiones y extinción real o aparente.
Solo pensar en terminología como miles de millones de estrellas, miles de millones de años luz, miles de millones de kilómetros de distancia, cantidades inimaginables de grados de temperatura, de velocidades, de profundidad insondable de moléculas, átomos, neutrones, partículas infinitesimales, explosiones de energía, aparición de agujeros negros, distancias, distancias, distancias…..
Un coctel de tal envergadura no solamente produce vértigo infinito sino que aboca inevitablemente a preguntas que difícilmente puede soslayar una mente (humana) honesta y desapasionada: ¿cómo es posible acercarse a toda esta problemática y “misteriosos milagros”, que diría Einstein, si no existe una mente superior, un Ser Supremo, un Dios (y Padre) que nos resuelva este “enigma de los enigmas”.
Porque, en definitiva, continuar repitiendo que Dios no existe no resuelve nada y el ser humano pensante no encontrará nunca respuestas satisfactorias a los “misteriosos milagros” ni a las preguntas, interrogantes, sospechas, deseos, cuestionamientos, erotemas, pesquisas, demandas, dudas, cuestiones, incertidumbres, conjeturas, hesitación, perplejidad, problemática, ansiedad del corazón humano.
Y, apeándonos de los sinónimos y juegos de artificio mental, poner ante mis ojos, ante nuestros ojos, esas estremecedoras imágenes de FOCUS TV que nos muestran galaxias fluctuantes en un espacio infinito … que no es infinito, sino de contornos bien precisos y limitados, y que en su interior orbitan en elipse y no solo cientos, miles, millones de cuerpos celestes como esta tierra nuestra, por poner un ejemplo al alcance de todo hijo de vecino.
¿Y quién es el director de orquesta, quién lleva la batuta? Porque sin una inteligencia proporcionada (o lo que sea) todo esto no se sostiene.
A mi modesto parecer, señoras y señores, esto no hay quien lo explique sin bajarnos del b***o y, pecho en tierra, confesar humildemente la evidencia: el universo no se ha hecho solo, la nada nunca ha existido, mantener las galaxias requiere inteligencia y poder, y todo eso no es posible sin Dios.
Me siento solidario e incluso misericordiosamente arropado por los seres humanos (para entendernos: mujeres, hombres, niños, ancianos y todo ente capaz de pensar) junto a quienes he caminado en esta tierra un módico trecho de vida y a quienes – con categorías nuevas e insospechadas – volveré a encontrar. Y, ya libres del cuerpo mortal, oiremos de labios de Albert Einstein y miríadas de mentes superiores que el “misterioso milagro” tiene una clave de lectura que lo hace diáfano liberados ya de categorías como tiempo, espacio, vida, muerte, finito, infinito, temporal, eterno…
Porque ya no habrá enigmas sino que veremos todo transparente “como en un espejo”….
Nuestro planeta llamado tierra. Este universo salido de las manos de Dios
Reflexionar sobre las postrimerías implica también cuestionarse sobre el origen del mundo, del universo. Un tema candente e importante siempre, pero especialmente en nuestra época en que los científicos confiesan casi unánimemente que nuestro mundo, nuestro universo (miles de millones de estrellas, galaxias) ha tenido un origen en el tiempo/espacio y, consiguientemente, tendrá también un fin, una extinción, su consumación definitiva.
Por ello, he estimado conveniente dedicar algunas páginas de “mis” postrimerías para reflexionar sobre el origen, los comienzos del universo y su inexorable extinción en un futuro, lejano pero seguro.
En cosmología, se entiende por Big Bang, o Gran Explosión, al comienzo del universo, es decir, el punto inicial en el que se formó la materia, el espacio y el tiempo. La teoría del Big Bang es el modelo cosmológico predominante para los períodos conocidos más antiguos del universo y su posterior evolución a gran escala. El modelo estándar afirma que el universo se hallaba en un estado de muy alta densidad y temperatura y luego se expandió. Mediciones modernas datan este momento hace aproximadamente 13.800 millones de años, que sería por tanto la edad del universo. Después de la expansión inicial, el universo se enfrió lo
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